Colaboración: El hombre que creó las estrellas

Por Sergio Berrocal    

Fue un tipo de armas tomar. Un director de cine, salido, escapado o venido de la Rusia que luego fue Unión Soviética y más tarde volvió a su apelación de origen. Llegó a Francia como un montador exquisito, de los que tenía el cine del Este cuando el cine necesitaba el toqueteo del montador con guantes blancos deslizándose por los cuadritos.
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Colaboración: Un güisqui en el Ritz de París

Por Sergio Berrocal

Has tenido un puñetero día de perros, no una sencillita tarde de perros como un Al Pacino cualquiera. El chino de la esquina vigila los tomates que nadie le compra y se pregunta si no sería mejor tener un Winchester por si acaso. Es un chino que no sonríe, porque la Revolución cultural de Mao le quitó las ganas de reír. Ni él sabe los años que tiene en el particular calendario de su nacimiento. Su cuenta años se ha puesto a cero.
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Colaboración: Nada o casi nada

Por Sergio Berrocal    

"Nada", la novela de Carmen Laforet, me impresionó desde que la vi tan seria por primera vez con su vestidito azul. Ni lo sé, pero aunque en esa época yo me hallaba muy lejos de la escasez y piojos de la posguerra española, el relato me heló la sangre. Recuerdo confusamente cuando Edgar Neville la llevó al cine con Conchita Montes, pero su atmósfera persigue a cualquiera.
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Colaboración: Muñecos rotos

Por Sergio Berrocal    

Nadie pensaba seriamente que Ernest Hemingway, auténtica personificación del macho bravo, inalterable, tan capaz de soportar la caballería turca que perseguía a los armenios para exterminarlos como de vérselas con un odioso agente del FBI que al parecer le persiguió hasta en su casa de La Habana, se volaría la cabeza.
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Colaboración: En el nombre del hijo

Por Sergio Berrocal    

Cuando menos se lo piensa, a la protagonista de esta tremenda película la vida se le cae encima. El presente la deja tiritando mientras un chiquillo recién salido de la nada lucha a gritos y a patadas contra la muerte. Estamos en la unidad de incubadoras una maternidad inglesa. Sonrisas y lágrimas son el menú diario de la madre que entre hipidos de desesperación conserva la remota y absurda esperanza de que todo vuelva a su cauce, de que el niño recién parido pueda ser una personita.
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