Colaboración: Errol Flynn, el último hombre de Hollywood

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Errol Flynn

Por Sergio Berrocal     

Cuando hace un montón de años, estuve horas conversando en español en la cubierta de su goleta anclada en el puerto de Tánger con la que luego sería su viuda, Patricia Wymore, Errol Flynn debía de estar en las cercanías de un coma etílico cualquiera después de haberle arreado una bofetada a un maldito que quiso abordar su barco, el del mayor filibustero que ha tenido el cine.

Ni por una exclusiva de estas que ahora pagan a los analfabetos y analfabetas desdentadas pero arregladas por el cocinero de dientes de turno, sería capaz decir de qué hablamos. Ella tenía treinta y pocos años, jugaba con unas gafas de miope y yo diecisiete. Amor a primera vista. Ya me veía navegando con ella tras haber abandonado a Flynn en el puerto de Tánger, aquella maravillosa tierra de nadie que nunca volverá a existir.

Nada ocurre nunca como los espíritus sensibles lo conciben. Patricia y yo nos despedimos, en tout bien tout honneur, con un apretón de manos quizá más fuerte que otros, yo era demasiado joven y virgen, y cuando quise darme cuenta el barco había zarpado con su lujo y sus amores escondidos.

Dos años después nos enteramos de que Errol flynn había muerto de una overdosis de amor carnal, de aquel que los griegos, vagos ellos, practicaban a la horizontal y mil años más tarde los desgraciados vertical y por casualidad.

“Lo que distingue al hombre insensato del

sensato es que el primero ansía morir

orgullosamente por una causa, mientras el

segundo aspira a vivir humildemente por ella”. decía

J.D. Salinger, en “El guardián entre el centeno”

Desde su muerte, en 1959, Hollywood no ha sido capaz de crear un monstruo como él. Ni Harrison Ford ni Michael Douglas ni ningún otro astro ha conseguido destronar la fina sonrisa de sinvergüenza por convicción que dio a Errol Flynn la patente de aventurero de todos losmales del mundo.

Le conocí un par de años antes de que muriera de un infarto en circunstancias poco definidas (la muerte, no mi encuentro con él) pero que el Dictionnaire du Cinema, editado por el francés Robert Laffont cuenta así:

"Falleció de una crisis cardíaca y, según se dice, en brazos de una jovencita. Era la muerte con la que sin duda él había soñado". La verdad que es la muerte que desearíamos más de uno. El caso es que tenía sólo cincuenta años de edad pero a sus espaldas dejaba una carrera cuajada de un sinfín de títulos y de películas que marcaron la historia del cine como Capitan Blood o Robin de los bosques, sin echar por alto la inolvidable Carga de la brigada ligera. Su última interpretación, que no pasó a ninguna historia, se titulaba "Cuban Rebel Girls". Está fechada el mismo año de su muerte.

La primera vez que le ví fue desde una frágil embarcación de remos en la que un fotógrafo y yo tratabamos de mantenernos a la altura de su lujoso yate, el Zaga, anclado en la bahía de Tánger, una ciudad que antes de volver a ser marroquí fue internacional. Una especie de puerto franco no sólo para las mercancías de cualquier tipo (cigarrillos norteamericanos de contrabando, marijuana, cocaína y otras lindeces) sino para la gente. En su puerto de la punta norte de África yacían con frecuencia lanchas rápidas artísticamente agujereadas hasta lo imposible por balas de ametralladoras pesadas de guardacostas nerviosos que no habían permitido que trajesen a tierra su cargamento de cigarrillos de contrabando. En la principal arteria de Tánger, el bulevar Pasteur, tenía una oficina de "importaciones y exportaciones" un tal Lucky Luciano, uno de los jefes de la Mafia norteamericana, detalle que yo desconocía cuando el semanario local para el que trabajaba entonces, Cosmópolis, tuvo la humorada de mandarme a entrevistarlo, cosa que nunca conseguí. De lo contrario no estarían leyendo mis sandeces.

Errol Flynn era realmente lo que ahora se llama un golfo con todas las de la ley, aunque con infinitamente más clase que esos chulos de verbena de pueblo que todos conocemos y que a veces son hasta ministros. El señorito Flynn era por nacimiento y convicción un aventurero en su vida de todos los días como en las pantallas. Su bigotillo insolente y fino lució durante muchos años como bandera de los simples mortales que querían disfrazarse de trasnochados seductores. Aunque lo dicen y lo juran sus memorias, My Wicked, Wicked Ways, bastaría consultar las colecciones de periódicos de sus años mozos para darse cuenta de que este australiano que en su tierra fue boxeador no necesitaba a un guionista para ser un aventurero. El de pendenciero y borrachín son dos títulos que se le colocaron siempre. Y puedo dar fe de estas dos "cualidades". En Tánger, adonde había llegado con su última esposa, la actriz Patricia Wymore, la estrella pasó parte de su estancia internado en una clínica y a punto de morirse de una infección tremebunda. Luego paseó por el puerto, en olor de multitudes, un brazo en cabestrillo. Me conto y contaba que estando en su yate había sorprendido a un desaprensivo que quería robar. Le arreó tal puñetazo que sus dedos se estrellaron contra los dientes del indeseable visitante. Pero con tan mala fortuna que se le declaro una infección que, según los médicos, no degeneró en septicemia por milagro. Porque en la clínica tangerina donde tuvo que ser hospitalizado, mientras le atiborraban de antibióticos, él seguia una particular "cura" de güisqui que escondía debajo de la cama.

Ya entonces se decía a gritos en las revistas escandalosas de Hollywood  que el hombre era no solamente un redomado borracho sino que tenía una pasión por las Lolitas, algunas de las cuales le costaron más de un disgusto. Ahora que lo pienso con la distancia de los años me parece que en esto se era un poco injusto con él. No habría que olvidarse que esas niñas adelantadas en el calendario del amor fueron puestas de moda por el escritor Nabokov, y a él no le pasó nada.

Cuando conocí a Errol Flynn, en vísperas de los felices sesenta que luego su hijo Sean prolongaría en París, estaba casado con una mujer de una dulzura infinita, Patricia Wymore, a la que había conocido cuando juntos rodaban una pelicula del Oeste norteamericano, con indios nobles noblísimos y blancos malos malísimos como fue la moda en una cierta época.

— Sí, naturalmente que soy feliz (en mi matrimonio). Errol y yo llevamos casados seis años… Pues no sé cómo explicarle la forma en que nos enamoramos. Mientras rodábamos una película ambos sentimos una atracción mutua. Después de terminarla nos separamos. Y acto seguido coincidimos en varias fiestas… La verdad es que a cosa llegó sin pretenderlo, sin darnos siquiera cuenta Ya madre de una niñita llamada Arnella, fruto del flechazo, Patricia parecía mucho más romántica que su esposo.

Unos años después, cuando ya Errol Flynn se había reunido con sus antepasados o con el diablo, conocí a su hijo Sean en Paris, donde con el palmito del padre jugaba al Don Juan.

Hijo de la francesa Lily Damita, primera esposa de Flynn (la segunda sería Nora Eddington), el muchacho, alto, guapetón y agradable, ya andaba metido en el mundo del cine. Había empezado en 1962 en una película italiana cuyo título es toda una sinopsis, Il segno di Zorro y en otra sin origen preciso que los productores, acordándose de la celebridad obtenida por el padre, titularon en un derroche de originalidad El hijo del capitan Blood.

En París yo siempre le encontraba rodeado de beldades que hubiesen encantado a su progenitor. Pero mentiría si dijese qué tal actor era. Un crítico francés se atrevió a afirmar que de la decena de filmes que formaron su carrera, sólo puede salvarse Cinq pour Singapour (Cinco para Singapur). Lo que no se me ha borrado de la memoria es la mirada triste de Sean. Rememorando mis fugaces encuentros con el padre no he tenido más remedio que llegar a la conclusión de que era la misma. Como si el muerto se hubiese reencarnado en cierto modo en el hijo.

Tras la fachada risueña que los dos hombres lucían había esa misma tristeza del perdedor que sabe que lo es pero que quiere ocultarlo a los demás.

Eran personaje hemingwayanos de primera mano. Quizá no fuera casualidad si uno de sus mejores papeles lo consiguió Errol Flyn en Fiesta, adaptación de la novela de Ernesto Hemingway.

Ignoro cómo ni por qué pero Sean abandonó repentinamente el cine y desapareció de la actualidad rosa.

Un compañero me informó una tarde que le había encontrado en un bar de una ciudad perdida de Camboya donde el muchacho se estrenaba como fotógrafo. Nunca pudieron enterrarle. Desapareció en una carretera de la guerra. Una bomba. Su cuerpo nunca fue encontrado.

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