Colaboración: Monos aulladores

por © NOTICINE.com
Himes
Por Sergio Berrocal    

Somos monos aulladores que nos reímos del siniestro payaso de Corea del Norte, sin saber por qué porque para eso somos nada más que monos, miramos con asco eterno a esa cosa llamada Naciones Unidas que solo sirve para hacer las cuatro voluntades de los norteamericanos. Seguimos aullando porque una princesa se mató hace no sé cuántos años en París cuando iba en auto con su amante, porque su ex marido, su rey, su amito, estaba en Londres.

Aullamos como los monos, sin razón, con el mismo convencimiento que ellos lo hacen, por meter ruido. Y nos congratulamos porque en el Mediterráneo los pobres de pro que atraviesan el mar en busca de un trabajo ya no se ahogan tanto. Ahora se rescatan más para devolverlos a sus países, donde les enseñarán a vivir a palo limpio. Justicia social, igualdad, fraternidad, dice el mono aullador mayor que sirve tanto como un secretario general de la ONU.

Aquí abajo, en tabernas, puteríos varios, parlamentos y otros lugares con linterna roja los monos aulladores ya ni se lavan cuando entran en el hemiciclo. Esperan la señal del jefe de la camada para aullar más y mejor.

Aúllan todos los monos aulladores de la tierra entera, incluyendo a los que desde un lugar que alguna vez se llamó cine ejercen el monopolio de la imbecilidad cuando ellos creen que están distrayendo, educando, enseñando a un público que no quiere nada de eso. Danos, Señor, más Juegos de Tronos de esos de gigantes y cabezudos con pringue de cultura morbosa que encanta a los analfabetos que ni siquiera aúllan porque ignoran que tienen primos aulladores.

Pero si ya no hace falta que haya actores. Eso ya no sirve. Cualquier desafeitado con un poquito de caradura y un amigo para llevarlo por la mano con ojitos enamorados se convierte hoy en actor, actor de categoría, de los que juegan con los taquillazos.

Los monos aulladores están en todas partes. En Washington donde el rey de los aulladores, el presidente Donald Trump, sigue diciendo cosas que nadie escucha ni entiende. Luego llegan los especialistas y transcriben lo que les da la gana.

Si ya no se le tiene respeto ni a un Presidente del país más poderoso del mundo, el de las bombas atómicas, el de los Guantánamo, el de las invasiones, el que nos escucha a todos, el que nos prohibía hasta hace poco todo lo que les daba la gana, habrá que refugiarse en la Capilla Sixtina, pero hasta ahí llegan los chirridos de los monos aulladores que persiguen a un Papa que se cree dios porque es argentino. Es cierto que esta gente tiene el endiosamiento en la tienda de la esquina. Todos son bellos, listos, granujas, auténticos Lazarillos de Tormes que solo nos dejaron el tango.

Y cuando más tranquilo estás –vaya, esta mañana todavía no he tenido que tomarme el tranquilizante de las 11.30 -- algún perverso digital te trae la figura del risueño Obama, que vive en el mejor de los mundos, en el de los jubilados multimillonarios, que para algo fue el primer negro Presidente de los Estados Unidos. Y no olvidemos que es Premio Nobel de una Paz que pateó, de la que se cachondeó y que solo tuvo un rato en esa boquita de viejo crooner de los años veinte.

En realidad siempre fue un personaje que Chestern Himes paseó por su Harlem imaginario donde podías hacerte millonario a condición de tener fe.

Himes dejó magníficas novelas, sin que le dieran un Nobel de la Paz y le hubiesen hecho previamente Presidente, de las que salieron algunas películas de pura picaresca que hoy habría que proyectar en las escuelas de pago. Porque los pobres no roban, subsisten.

"El ciego con una pistola", desternillante fábula de Himes que se llevó con igual éxito al cine, relincho de verdad en un país, Estados Unidos, claro, donde para tener una existencia no solo de esclavos, los negros tenían que ser santos o parecerlos, monjas aunque tuviesen barba o parécerlo.

Todos eran trileros con más o menos talento en aquel mundo que los blancos les legaron a los negros en uno de los barrios más castizos de Nueva York.

Ahora los trileros mayores del rey del cielo del amor por el dinero, de veneración por el poder que dan los billetes, viven en quintas avenidas con portero almirante, aunque no conozcan los muy desgraciados Tiffanys ni nunca hayan desayunado con diamantes. Y menos con Audrey Hepburn.   

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