Colaboración: Un güisqui en el Ritz de París

por © NOTICINE.com
El bar del hotel Ritz de París
Por Sergio Berrocal

Has tenido un puñetero día de perros, no una sencillita tarde de perros como un Al Pacino cualquiera. El chino de la esquina vigila los tomates que nadie le compra y se pregunta si no sería mejor tener un Winchester por si acaso. Es un chino que no sonríe, porque la Revolución cultural de Mao le quitó las ganas de reír. Ni él sabe los años que tiene en el particular calendario de su nacimiento. Su cuenta años se ha puesto a cero.

El calor en esta colonia europea de África es un asco. Putas, chulos y buscavidas de todo calibre te tienen siempre con el alma en vilo. Ahora descubren también que ciertas “religiones” de bandidos al por menor, que en países civilizados se consideran sectas diabólicas se dedican a la estafa con coacción. Se han venido a Europa a descabezar animalitos y a impresionar a los pobrecitos crédulos, capaces de todo por salir del agujero. Si el Presidente de Corea del Norte supiese de este oficio importado de las Antillas seguro que creaba unas milicias corta-cabezas-de-gallos y lograba asustar más a Donald Trump que con sus ridículos misiles, No hay nada de qué sonreír. Ni siquiera carcajearse. Como aquellos Tontons macoutes del siniestro presidente de Haití François Duvalier.

Estoy cogido entre la espada y la pared, cuando ya nadie te dice si quieres llámame, porque nadie te llama desde la última vez. ¿Cuánto hace? ¿Treinta años? ¿Cuarenta años? Importa un carajo, lo principal es soñar, cerrar los ojos y decirse que tal vez mañana, si el calor no es más terrible que el de hoy, tu vida podrá cambiar, o al menos te lo imaginarás, que ya es bastante.

El chino, que todavía se acuerda de cuando Mao atravesó el rio Yantseg y toda China proclamó que era un portento, el mejor, el invencible. Cientos de miles, millones probablemente de sus compatriotas pagarían con sus vidas las locuras que el viejo loco cometió con sus catastróficos planes industriales.

El chino, que ni siquiera tiene un poquito de alcohol de arroz para regar en su cerebro toda la confusión del olvido, del mal recuerdo, del desamor que se siente cuando ya no hay nada que esperar.

Días así dejo que los recuerdos, la imaginación o simplemente la mala conciencia me arrastren hasta la entrada del Hotel Ritz en la Place Vendôme de París.

O hasta aquella clínica tan elegante de las afueras de París donde la moda era seguir una cura de sueño que solía durar una semana. Durante esos días, sonrientes enfermeras y médicos con facturas XXL te atendían para que durmieses y olvidases. La cura consistía en borrar los pesares, los recuerdos más nefastos, o simplemente tu realidad gracias inyecciones que te hacían dormir sin despertarte más que para comer y atender las más elementales necesidades fisiológicas.

Estrellas de cine estresadas, cansadas o simplemente con ganas de ver su foto en una revista rosa, formaban parte de esta clientela, también formada por hombres de negocios, cantantes al borde de la majadería la más pura y otros diversos que pretendían que un sueño de siete días, con esos intervalos, les curasen.

El éxito de las clínicas radicaba precisamente en que aquello no era Lourdes, como tampoco ninguna de las otras clínicas que ofrecían el mismo tratamiento lujoso. De milagritos, poco. Dormir y pagar. Dormir y cobrar. Cosas de aquellos tiempos.

Pasar una tarde en el bar del Hôtel Ritz era una buena fórmula para arrojar fuera del cerebro todos aquellos gestos, cosas y gente que componían el menú de un periodista que se interesaba por el lado oscuro de las cosas, esas que la mayoría de las veces tienes que disfrazar de cuento si quieres que vean la luz. Porque el público adora la truculencia de la vida pero su moral, por carente que sea, le prohíbe ir más lejos de lo que él mismo aceptaría en una conversación.

Cuando habías encontrado a aquel amigo ideal, sin ello no había magia, podías buscarte un buen sitio en el bar y esperar a que el camarero, sabedor ya de los gustos de los que de vez en cuando pasaban allí un rato para lavarse de los pecados en medio de una música suave, del particular olor de los trajes Chanel, con regusto a pachulí. El Chanel 5 era demasiado indiscreto para aquellas tardes que se prolongaban hasta la cena.

No hay güisqui en el mundo que pueda compararse con un güisqui del Ritz, sin que importara la marca, los años que contaba la etiqueta.

La magia se producía cuando el vaso largo ce cristal transparente, con discretas formas que servían de guía a los dedos, compuesto con el amor de un artesano en un taller de Murano, llegaba discretamente a la mesita y rápidamente el camarero, pajarita negra, camisa de una blancura insensata, dejaba caer un chorreón de güisqui que apenas si hacía ruido al caer justo a la altura que nada había designado.

Tras el hielo, pausado, contabilizado, que caía discretamente levantando un maremoto en el vaso, lo más difícil, donde se veía la maestría del oficiante, era la introducción del agua Perrier, indispensable ma non troppo. El camarero quedaba firme delante de la mesa mientras el primer trago llegaba a la garganta. Era el momento cumbre de la mezcla.

Aquella tarde de una primavera alegre, mi acompañante era el escultor español Miguel Berrocal, un artista de lo excesivo que le costó llegar a la cumbre. Pero que entonces ya había escalado todo lo escalable.

Compartimos unas horas de piernas de mujer que se cruzan y descruzan sin la audacia de Sharon Stone sino con la íntima e infinita elegancia y delicadeza con que una señora deja que las medias chillen bajito, casi en un murmullo de alcoba, como un aviso a navegantes apenas audible.

No volvimos a vernos. Era un mes de 1977.

A finales de mayo de 2016, Berrocal fallecía. Tontamente, como se mueren los grandes.

A mí me dejaron un rato más para contarlo.

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