Crítica: "Erase una vez en Hollywood / Había una vez en Hollywood / Once Upon a Time in Hollywood", psicodélica Star

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"Erase una vez en Hollywood / Había una vez en Hollywood / Once Upon a Time in Hollywood"
"Erase una vez en Hollywood / Había una vez en Hollywood / Once Upon a Time in Hollywood"
Por Fernando E. Juan Lima    

Durante la primera hora de "Erase una vez en Hollywood / Había una vez en Hollywood / Once Upon a Time in Hollywood" (2019), Tarantino planea caprichosa y lúdicamente sobre muchos temas que parecen estar allí menos que para presentar a los protagonistas (un actor de westerns de cine y televisión, interpretado por DiCaprio y su doble de cuerpo, en la piel de Brad Pitt) que para darse unos cuantos gustos seguidos.

El año es 1969, la música, la tele y el cine pueblan una Los Ángeles mítica en la que hippismo y psicodelia están más en plano que la guerra de Vietnam. Del spaghetti western a la aparición de Sharon Tate, el acento creciente en figuras conocidas, puede hacer pensar que por allí irá la cosa, pero no. Respeto la voluntad (o la estratagema) de Quentin y no abundar en detalles de la trama. Sólo advierto que cabe tener presente que a Tarantino, como en "Bastardos sin Gloria / Infamous Basterds", le gusta reescribir la historia.

En otros tiempos (menos violentos que los actuales) una película de Tarantino podía ser un blockbuster. No hay más, en el mundo, lugar para tanques para un público adulto. Preocupa por eso el plato único y continuado de la sucesión de super héroes ad infinitum. ¿Cuántos espectadores puede hacer "Erase una vez en Hollywood / Había una vez en Hollywood / Once Upon a Time in Hollywood" en Hollywood si es un exitazo? ¿300 000? ¿500 000? Dudo que más y no porque la película no lo merezca. Quizás, de manera más salvaje porque esa es la tendencia en todos los ámbitos, con este tipo de cine pase lo que al western con el spaghetti: su depuración y éxito es el comienzo de su declinación.

Las películas que homenajea, cita y ama Tarantino eran populares; las que hace, no. Paradojas que se repiten: su reconocimiento por parte de lo que se considera Cultura (la mayúscula no es un error de tipeo) implica un paso más hacia su confinamiento en salas de museo o, peor aún, al final del camino las plataformas (su requerimiento de que las proyecciones fueran, como lo han sido, en 35mm parece el último estertor de un triste e inmodificable rumbo).

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