Crítica: "Blade Runner 2049", ¿sueñan los androides con secuelas?

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Ford y Gosling, en "Blade Runner 2049"
Por Benjamín Harguindey    
  
"¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?" se preguntaba la novela homónima de Philip K. Dick, el evangelio sobre el cual Ridley Scott basó su icónico film de ciencia ficción noir "Blade Runner" (1982). Treinta y cinco años más tarde se estrena "Blade Runner 2049" (2017), digna del legado de culto que arrastra la original.

Así se hace una buena secuela: ni remakes ni "soft reboots", que reinician el ciclo narrativo con la bendición pasajera del elenco original, sino una película que se inspira en las mismas ideas y las expande al rato que cuenta su propia historia. "Mad Max: Furia en el camino / Fury Road" (2015) estuvo tocada por la misma gracia.

El año es 2049 y el futuro se mantiene a unos treinta años de distancia, por siempre lúgubre y estéril. De lejos Los Ángeles parece un uniforme desierto de concreto, pero en las profundidades de las canaletas de la metrópolis florece la colorida mugre de la vida nocturna: ladrones, policías, prostitutas, asesinos... El Oficial K (Ryan Gosling) da caza a los "replicantes" (seres humanos sintéticos) que sobreviven desde los días de la compañía Tyrell, ahora en manos del megalómano Wallace (Jared Leto), hasta que desentierra -literalmente- un secreto que compromete el orden social aceptado tanto por humanos como sus esclavos replicantes.

Desde que Dick escribió la novela en 1968 hasta que Scott la adaptó (con no menos de siete cortes distintos) la historia subyacente de "Blade Runner" siempre ha tratado sobre el cuestionamiento de la realidad humana, la incertidumbre existencial y el valor (o no) de la vida. Escrita por Hampton Fancher (uno de los guionistas originales) y Michael Green, y dirigida por el visionario Denis Villeneuve, "Blade Runner 2049" nace de la imaginación y curiosidad por estas cuestiones, vehiculizadas en la clave de un policial futurista. "Ghost in the shell: La vigilante del futuro" (2017), puro estilo y cero substancia, quiso hacer algo parecido y cerró en un film de acción mediocre.

"Blade Runner 2049" es una película lenta, con una estructura atípica y una resolución poco reconfortante. Posee una cualidad hipnótica: la impactante puesta en escena, la somnolienta banda sintética (ecos de Vangelis, lamentablemente ausente), la poética quietud de la imagen. Denis Villeneuve posee un manejo maestro de la composición y permite que el entorno hable por su flemático protagonista, siempre mostrándole excluido y empequeñecido tanto por la ciudad como por el desierto. Recurren las imágenes de estatuas derrocadas, símbolos de fragilidad y decadencia, y las de hologramas seductores, que gozan de una voluptuosidad que la gente real carece. Se construye una atmósfera inquietante en la que las acciones de K, despojadas de impulsos nobles o heroicos, se ven motivadas por la insatisfacción hacia la vida y el rol que se le ha impuesto.

K probablemente debe su mote a los numerosos alter egos de Kafka, personajes patéticos a la deriva en un mundo que los burla y desprecia. Además, como todo buen protagónico noir, se la pasa siendo emboscado y peleando de manera tan lastimosa que hasta las victorias saben a derrota. Gosling puede o no ser el actor más versátil pero el papel le queda hecho a medida. Una de las muchas ironías de la película es que su única compañía es Joi (la cubana Ana de Armas), un holograma cuya trágica intangibilidad remite a la de "Ella / Her" (2014). Hacia el final de la investigación de K se encuentra Rick Deckard (Harrison Ford), retirado desde el primer film; es una grata sorpresa que Ford se juega emocionalmente por su personaje, para variar, y que la ambigüedad con la que concluye el primer film permanece relativamente intacta. Sylvia Hoeks compone una antagonista detestable, pero Leto no causa ninguna impresión y ninguno de los villanos llega a los tobillos del auténticamente desquiciado Roy Batty de Rutger Hauer.

¿Cuánto más se puede hablar de "Blade Runner 2049" sin entrar en territorio de spoilers? La primera película es un clásico que redefinió la forma en la que el cine imagina el futuro. Aún si la secuela siempre va a estar endeudada a su legado, forja su propia identidad como una nueva, atrapante incursión hacia los límites metafísicos de la ciencia ficción.

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