Colaboración: El Lucien de Rubempré que Balzac no conoció

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Honoré de Balzac
Por Sergio Berrocal   

Balzac fue el más extraordinario cronista de la sociedad francesa del siglo XIX. Pese a llamarse Honorato (Honoré), nombre de pila difícil de soportar, supo radiografiar como nadie el corazón de un país en el que el lujo, el boato y las apariencias mandaban.

Otros grandes de la pluma, Victor Hugo y luego Emile Zola contribuyeron igualmente a dar cuenta de una sociedad que era lo más brillante de una Europa en la que se bailaba el vals en Viena pero los cañones podían estar preparándose en Berlin. Diifícil para cualquiera de competir contra tamaños pesos pesados del pensamiento.

Luis había llegado a la capital de todas las Francias cuando esos monstruos enseñaban desde los libros miles de triquiñuelas para llegar a ser alguien. Venía de Tánger, una ciudad muy cosmopolita pero centrada en ella misma y que no preparaba para la gran aventura que Hugo o Balzac contaron muchas veces.

Su libro de cabecera era “Las ilusiones perdidas” de Balzac, donde su personaje principal y más débil y mimoso conquistador de la nada, soñador de todo y enamorado del amor, le había cautivado. Era un francesito bastante agradable, Lucien de Rubempré, nombre pomposo y cartera vacía, que se plantó en París dispuesto a quemar su juventud como fuera y según las circunstancias para llegar a ser alguien en la capital que todo el mundo quería conquistar. Y él se dispuso a “monter à Paris” (subir a París, era la expresión consagrada) para probar fortuna. En la provincia dejaba a sus padres preocupados y sin un escudo de más.

Luis se sabía el libro de memoria y trató de seguir sus pasos a algunos años de distancia. La fortuna estaba en las faldas de las mujeres, o más bien entre las faldas de las mujeres, era la lección que él había sacado de sus lecturas.

Empezó a relacionarse con gente de su edad, pero siempre procurando que tuviesen algo más que él. “Para ser un muerto de hambre ya tengo bastante conmigo” se decía cada vez que ponía un pie en la calle. El oficio de periodista que estaba aprendiendo podría facilitarle las relaciones que le llevaran lejos. Conoció muchas maniquíes con las que se codeaba a menudo, starlettes, muchachas bonitas que buscaban como él la fortuna pero en el cine.

Pronto se dio cuenta de que las jóvenes le daban con gran entusiasmo lo que tenían, sus inteligencias, sus cuerpos, sus besos, sus caricias, que las ponían a ellas también al abrigo de una mala noche y de un mal sentimiento. Porque Luis era amoroso, cariñoso, enamoradizo. Con ellas, solo podían darse un poco de cariño. Como no era del todo tonto, pese a tener como padre un Coronel franquista, lo entendió bastante rápidamente, sobre todo cuando una de aquellas aspirantes a estrellas se casó con un barón rico como el Conde de Montecristo. Y le dejó a él de la noche a la mañana, sin estar compuesto ni tener novia. Maldita vida.

Entonces recordó que Lucien de Rubempré, el héroe de Balzac llegado a la capital en busca de fortuna y de una posición social, no cazaba entre el pueblo. Iba directamente a los salones donde las grandes damas de París daban cobijo a recién llegados por la curiosidad y tal vez por tomarse de vez en cuando un plato de carne fresca.

Más de un joven sin más pretensiones que sus bellos trajes comprados con mil achuchones había conseguido interesar a una heredera del París del siglo XIX y casarse con una fortuna. No era la mayoría, pero todos tenían esa gran esperanza.

Luis comprendió rápidamente que a él le sería más difícil. En los años de 1960 ya no existían los salones del aburrimiento donde grandes damas cubiertas de sedas y encajes pudieran prepararle el futuro abriendo discretamente o no, había de todo, sus amplias bragas que más bien parecían camisones.

A través de un amigo, argentino de nacionalidad y medio chulo de profesión, puso por fin y por primera vez los pies en el domicilio de una de esas damas modernas que él ya frecuentaba desde tiempos atrás por razones más que protocolares. Nunca se atrevió a pensar que cuando le invitó a pasar un rato en casa de una señora rica que habitaba en la avenida de Friedland y cuyo marido, le contó el amigo, tenía otros intereses amatorios que le dejaban toda la libertad del mundo, tenía intereses ocultos. Luis era demasiado inocente.

Cuando llegaron al suntuoso piso forrado de maderas probablemente preciosas, había dos señoras charlando en un ambiente que él consideró elegante y adinerado según las lecciones que había recibido.

Porque su jefe de redacción le había querido hacer un regalo cuando llegó con sus 17 años ya cumplidos a París. Le dio unos billetes y le mandó al bar del Prince de Galles, uno de los más lujosos hoteles de París; “Siéntate, pide un refresco y observa. Allí aprenderás a oler el dinero y a distinguir a una mujer bella, simplemente bella, de una mujer bella, elegante y adinerada. Y de paso sabrás cuáles de ellas son putas por convicción religiosa”.

En aquel salón íntimo, con luces a media vela, Luis se creyó por fin Rubembré. Al cabo de un rato, al rato de un cacho de conversación, una de las anfitrionas de apenas 32 años y provista de unos ojos verdes que le hacían pestañear, se interesó por sus cosas, sus progresos en París, mientras le acariciaba las manos como jugueteando. Luis no sabía cómo ponerse. Aquella señora, aquella mujer espectacular de senos erectos y cuerpo de película, con una voz que a él se le retraía a un aviso en un aeropuerto de París, le embelesaba. Lo sacó a bailar y por primera vez en su vida estrechó todo lo que ofrecía una verdadera dama, que no solo era mujer. Quedó hipnotizado por el pecho que ella le ofrecía como quien no quiere la cosa. Aquella noche aprendió que el Chanel 5 es perfume de mujer. De la que sea, de la dama de alto copete a la prostituta. Todo era cuestión de precio.

Bebieron champán Taittenger, que él no había probado nunca, y bailando que te baila ella le condujo a otro lugar. Cayeron en una cama y ella le ayudó a denudarse. Le quitó todo lo que había que quitar y Luis creyó que navegaba entre gansos en primavera. Dos horas después, Luis comprendió que ésta era la vida que buscaba Lucien de Rubempré.

Salió de aquella casa desvirgado y creyéndose enamorado. Un billete de cien francos acompañaba su equipaje cuando llegó al hotel donde vivía en la rue Houdon, a dos pasos de la Place Pigalle.

Muchas veces estuvo en aquel piso de una elegancia hecha a mano por su dueña. Se había enamorado de Madame D. Decidió que así se llamaría su “conquista” acordándose de una película francesa. Ya hacía planes de toda clase. Hablaban mucho, aunque siempre en la cama, en la que ella le tenía hipnotizado. Cuando Luis le pidió que vivieran juntos ella puso algunos reparos pero pareció encantada.

Al jueves siguiente, a la hora prevista, Luis estaba de nuevo en el piso. Se había comprado unos calzoncillos nuevos en el Prisunic de su barrio. Pero esta vez la criada que le abrió la puerta no le sonrió. Parecía un poco triste: “Lo siento. La señora se ha marchado de viaje. No, no sé cuándo volverá”.

Bajo la escalera y al llegar al portal comulgó con toda su alma con el Lucien de Rubempré de Balzac.

Pasarían años antes de que Luis se repusiese de aquel desengaño amoroso, decía él. Porque el amigo argentino que lo había presentado a la gran dama sonreía cuando él pretendía sonsacarle algo.

Hasta que una noche en la que no tenía bastante para pagar su hotel, cinco francos diarios, una fortuna, una de las modelos del desfile que él fotografiaba le propuso el sofá de su pisito para pasar la noche. No durmió en el sofá sino en la cama con ella. A la mañana siguiente se despertó convencido de algo: el amor no era para Lucien de Rubempré.

El amor era para él que, finalmente no quería conquistar el universo del dinero sino sentirse a gusto cuando una mujer le miraba.

Marie, la chiquita que le había evitado pasar una noche en el frio de París la nuit, no le dejó solo en tres o cuatro meses. Luis comprendió que ella se había enamorado de él y decidió quererla, aunque solo fuese un rato. Y al carajo las ambiciones de Lucien de Rubempré.

Cuarenta años después, releyendo “Las ilusiones perdidas”, Luis comprendió que la que contaba Balzac pertenecía a una época que ya no existiría jamás. Ni siquiera el piso gigantescamente delicioso de la Avenue de Friedland con su innegable olor a Chanel 5 tenía ya lugar en un mundo que había perdido el sentido de lo bello y de lo elegante.

Lucien de Rubempré habría tenido que buscar trabajo en cualquier empresa del otro mundo, porque el suyo ya no existía. Y las mujeres estaban poco dispuestas a convertirse en amantes y adineradas geishas.

Luis lo comprendió cuando se acabaron los años sesenta y el mundo entró en la guerra del dinero, tanto tienes tanto vales. No tuvo la humorada de pasear por la Avenue Friedland en busca del piso donde de joven le hicieron un hombrecito.

El amor se había convertido en algo banal. Las mujeres estaban más a la búsqueda de un empleo que de un marido. Y los hombres no pensaban más que en llegar a final de mes.

Con Marie habían recorrido medio mundo. Ella tenía una empresa de modas en la que él se convirtió en algo así como consejero de relaciones públicas. No se quitaba el traje Armani ni para desayunar y se aburría como nunca le había ocurrido.

Una mañana en que no sabía qué hacer con su aburrimiento sintió un malestar que en alguien tan aprensivo como él se convirtió en alerta cardíaca.

Estaba en la calle, en Manaus, una extraña ciudad de Brasil y no tardó en encontrar una clínica, pequeña y muy coqueta, casi lujosa, a pie de calle. Entró y el recepcionista le dijo que esperara, después de exigirle por adelantado el pago de una consulta.

Al rato lo pasaron a un consultorio. Aquello parecía Europa, se dijo, sin pensar que Brasil era el país donde mejor se codea la miseria con la riqueza.

Dos minutos después se le acercó por la espalda una mano con un tensiómetro. Cuando se dio la vuelta se encontró frente a una bellísima mujer mestiza por lo menos treinta años más joven que él.

- Vamos a hacerle un electro pero no creo que se vaya usted a morir. Yo diría que es una crisis de pánico.

Por la noche estaban en el bar del hotel tomando un guïsqui.

La médica, que hablaba varios idiomas, como manda la vida en un país del otro mundo que no es el de los más ricos, lo tenía hipnotizado. Apenas habían hablado y ya se entendían.

Cuando después de mucha charla callada y muchas risas mudas se encontraron en su cuarto descubrió que tenía unos ojos verdes de esmeralda de Minas Gerais.

- Me gustaría tener una niña con usted –le dijo sin más preámbulos.

Ella sonrió:

- Lo estaba esperando. En realidad estaba esperándole a usted. Me dijeron que vendría a mi consultorio y llegó a la hora prevista. También me dijeron que me pediría una hija porque hace años perdió a la suya. No hay nada de extraño en esto. El mundo es menos sencillo de lo que usted cree. Probablemente esta noche me quedaré embarazada y esa niña nacerá dentro de siete meses, porque vendrá con prisas y antes de tiempo. Pero será tan bella como la que usted perdió.

Luis se despertó en la ambulancia. Un médico le preguntaba cosas. Trató de decirles que había estado en una clínica y que…

- Ha tenido usted un infarto en el aeropuerto, pero no se preocupe. Está usted en buenas manos.

Otra blusa blanca apareció en su campo de visión.

- Hola, doctora, no entiendo…

- Olvídese, todo va bien. No pasa nada.

- Pero, ¿y mi hija?

-  Estaba usted solo cuando le encontramos.

- Pero usted y yo…

- Acabamos de conocernos.

- Pero es que…

- En esta ciudad se sueña mucho. Probablemente ha tenido usted una alucinación. Es muy frecuente en estas latitudes. Los extranjeros no soportan muy bien nuestro calor húmedo…

Luis calló. Los ojos verdes como esmeraldas verdes de la médica le miraban burlonamente…

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