Colaboración: Palestino nuestro, que deberías están en los cielos

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Por Sergio Berrocal   

Amanece como un día de otoño calentón en esta playa africana, el fin del mundo, donde a menudo llegan esos desgraciados de color del quinto continente creyendo que aquí, al otro lado del Estrecho de Gibraltar, hay una vida mejor.

No hay mundo mejor en ningún sitio. Todo es infierno. Ayer, creo, porque los periódicos son así, y a quién diablos le importa, un muchacho palestino, que no tenía ni la edad de un primer baile, de una primera cocacola agarrado a una cintura cantada por el belga Adamo. Este pobrecito mío, que ni siquiera era repartidor de pizza, la nueva esclavitud inventada por unos sinvergüenzas listos en mi mundo de Europa adúltera, calló en redondo al suelo mientras se dedicaba a apedrear a soldados israelíes bien pertrechados, con corazones de acero y sin la menor conciencia. De vuelta de su piedra le llegó una bala que le tumbó. ¿Habrá muerto? Supongo que sí, pero qué más da. No hay bastantes cámaras para filmar las atrocidades de esos malditos que se creen los hijos preferidos de Dios, pero no sé de qué Dios, quizá Satán, porque Satán sigue actuando, lo ha dicho el Papa, que solo miente para proteger a sus amigos cardenales malditos pederastas.

Tengo ganas de llorar, de berrear, porque mi voz no llega a ninguna parte. Mi voz como la de cientos de escribidores como yo, periodistas, aficionados a ser buenos y toda esa gente. Tengo ganas de llorar porque no tengo arreos suficientes para tomar un billete de avión y plantarme en Tierra Santa a cagarme en la madre que parió a todos esos asesinos equipados con pertrechos que Estados Unidos enviados por, Donald Trum ahora, pero antes fueron otros pajarracos de mal agüero como Obama, el premio Nobel de la Paz, y todo el que ha sido presidente de ese país que tiene por emblema la Estatua de la Libertad, regalada por Francia, ríanse jeje, que no entiende más que de Pax America. La paz suya, las reglas suyas, la moral suya.

Malditos sean todos en nombre de Jesucristo, el único que sufrió en sus carnes la misma injusticia que hoy padecen a empellones los palestinos acosados permanentemente por la injusticia, por la no condición humana, encerrados con muros de cemento armado, humillados, vejados, pateados. Y todavía no quieren que no aplaudamos cuando una muchacha palestina de pelo largo ondulado le da un par de bofetadas a esos sicarios de Satán…

Padre nuestro que estás en los cielos….Bájate de tu trono, de donde sea, Jesús salta otra vez a Galilea que iremos a pasar revista contigo. Y como podamos, a pedradas, a tiros o lo que sea, estaremos contigo para luchar contra la desigualdad, contra el odio de matar porque me toca y cállate o te echo abajo tu pobre casa, que el terreno tanta falta le hace a los judíos, a los que no pasan hambre, a los que no tienen que afrontar las balas de snippers, de asesinos a sueldo, algunos con solo veinte años, y hasta quizá menos.

Padre nuestro que deberías estar en la tierra peleando con tus hermanos palestinos. No le ruegues a Dios. Habla con la Virgen, que las mujeres siempre son más misericordiosas. Habla con ella, porque a ella le mataron un hijo, se lo crucificaron y hasta lo dejaron sepultar en una sábana blanca.

Padre nuestro, déjate de cielos celestiales y tomemos un billete para Jerusalén, no para recorrer tus lugares santos, no para comprar baratijas sino para pasar a los territorios ocupados, si nos dejan los tipos armados con las últimas cimitarras del reino de los muertos que tiene su sede en Washington, capital de los señoritos que mandan en el mundo.

Está a amaneciendo y seguramente hoy, una vez más, llegarán a estas tierras donde empieza Europa un montón de esos desgraciados en busca de felicidad. Ayer o quizá anteayer, pescaron en la frontera terrestre a dos chiquillos marroquíes escondidos en los bajos de un camión para entrar en tierra prometida. Podía haberlos achicharrados el motor pero no tuvieron suerte. Ahora probablemente estarán esperando que alguien que no padece ni hambre ni sed de justicia diga lo que hay que hacer con ellos.

Mientras ellos “viajaban” en el camión, que pudo ser el camión de la muerte, que pudo ser su féretro, uno para dos, que están tiernitos, para qué vamos a gastar más, el sultan Mohamed VI de Marruecos, por la gracia de Dios, o porque realmente, y perdonen el chiste, Dios es un gracioso, posaba en la prensa internacional exhibiendo un reloj, el pobre tiene que saber la hora, carajo, lleno de diamantes y la verdad es que nada caro, apenas un millón doscientos mil euros o dólares o maravedíes de los que manejaba Alí Babá y sus cuarenta ladrones.

Ali Baba VI estaba muy feliz. A él no le hablan de la gente que se juega la vida en el mar para no morirse en su Marruecos de sátrapas. A él no le molestan porque un palestino, pero si era un niño dijo aquella reportera cubierta de lágrimas, caiga con la cabeza rota por un balazo. ¡Qué puntería!

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