Colaboración: Rojo, amarillo, verde

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Por Sergio Berrocal   

Alfombras rojas, color de furor, de espanto y de sufrimiento, para celebrar victorias del cine, cuando deberían ser color de esperanza, el verde olivo de todas las tierras cálidas y dulces, o el amarillo Van Gogh, la placidez del genio loco.

Rojo como los titulares del libro que llena de rabia al Presidente Donald Trump. "Fire and Fury", con sus vengativas letras rojas, rojas como la vergüenza, hablan de un jefe de Estado al borde de la nada, que no da pie con bola y que se pasa la vida bebiendo Coca-Cola light (¿o será Zero?) y mirando la televisión en su habitación de la Casa Blanca, desde donde manda mensajes sin parar al mundo entero. Y por si hubiese dudas remacha: "Soy un genio muy estable".

Rojo como lo que hace 39 años ocurrió en la sonriente Camboya, con sabor a banana verde, cuando el régimen ideado por un loco llamado Pol Pot decidió liquidar a todo un país y solo mató, según cálculos, a 1 700 000 camboyanos que no eran rojos, o no lo suficiente. Eso fue entre 1975 y 1979, cuando desapareció un cuarto de la población del país, en nombre de no se sabe que desquicio, en campos de concentración y de reeducación.

Roja de ira vengativa como la película "Los gritos del silencio", que a través de periodistas que nunca habían pisado una alfombra de ningún color nos introducía en ese mundo callado hasta el horror del no pronunciar en que se había transformado Camboya.

Alfombras verde olivo, el color de uniformes de victorias contra la inmundicia de la tozudez cacical que se extendieron en Cuba, cuando los llamados irrespetuosamente barbudos fueron descubiertos y llevados a la primera plana de la prensa mundial por un periodista norteamericano poco sospechoso de izquierdismo. Uniformes verde olivo que llegaron a La Habana cuando el señorito Batista, el sargento García perseguido por Zorro, tuvo que marcharse, que huir el rabo entre las patas.

Color de los olivos que en muchos países son símbolos de fortaleza, de tozudez, de longevidad y que se agarran a la tierra mientras las hojas crecen, endurecen, embellecen.

Amarillo como el color que sublimó el pintor holandés Vincent Van Gogh, cuando en sus momentos de locura, que fueron mucho, se inventó la Casa amarilla, en la que vivió en Arles, en el sur de Francia plantado de olivos.

Van Gogh chorreó en su paleta las más bellas flores amarillas, aunque en ese período de su vida, también color absintio, dolor por un amor perdido, miedo por el futuro, su futuro que dependía únicamente de su hermano Theo, que desde París le enviaba los francos que le permitían vivir a la par que seguir pintando sin descanso, en busca de la perfección que nunca pareció encontrar y que tal vez le llevó al tiro que no le mató pero que le condujo dulcemente a la desintegración.

Amarillo glorioso, reluciente, triunfador de un hombre que quería convertir el mundo con sus colores que transformaba en genialidad.

Leonard Cohen aparece en la radio a la hora en que en Europa las calles se limpian con una violenta lluvia de invierno senil y desagradable y a ocho mil kilómetros de calles estrechas y calurosas donde se toma a esas horas europeas la última copa, el último ron con mucho hielo. En cada vaso flotan los recuerdos de otro mundo, de otra vida, de otro momento de placer que no pudo ser más que dos días y una noche y media.

Mientras el calor recorre la Calle 23, se mete en los árboles de Vedado, hasta en Europa del sur hace frío patético e incomprensible.

Madrugada, hora de nuestros propios ajustes de cuentas, que nunca son glorioso, que nunca han necesitado alfombra alguna para recordarnos el día que fallamos, la noche que no estuvimos y aquella mañana en que nos faltó valor para no tomar el avión.

Se abren ya las calles de este pueblo sureño europeo donde nadie nos pone una alfombra para decirnos lo guapo que somos, lo bien que hemos conseguido esta película. Ya nos conformaríamos con la sedación de una miserable alfombrilla amarilla de paz y recuerdo del holandés que nunca vendió un solo cuadro. Un fracasado, nuestro santo patrón de todos a los que el éxito les ha dado siempre la espalda.

Ni siquiera tendremos derecho a un ramo de olivo. Habrá que esperar a Semana Santa para que Jesús nos permita recordar los olivos que le dieron el último adiós, después del beso de Judas, después de la traición del mundo.

Pero en Hollywood o en el pueblo de al lado se sacan las alfombras rojas del éxito por menos de un pitillo. Todos quieren triunfar, todos quieren pisar el rojo del suelo, el rojo de su Majestad Satán, por donde se deslizan y quizá hasta se deshilachen los costosos vestidos de las actrices a pique de un repique.

Queda el verde olivo del héroe con uniforme de campaña y sonrisa entre los dientes que machaca un habano y el amarillo, que pisamos cuando vamos a rezar a San Van Gogh, que seguramente está en los cielos.

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