Colaboración: Hedy Lamarr inventaba, Dos Passos se afeitaba

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Hedy Lamarr y John Dos Passos
Por Sergio Berrocal      
 
Este oficio mío de escribidor de cosas (periodismo lo llaman, aunque ya no tiene mucho sentido) está cambiando para peor desde hace cuarenta años y ya no es que no se tenga en cuenta si es cierto lo que se escribe, es que ni siquiera a nadie le pasa por la cabeza tamaña insensatez, sobre todo porque todo individuo alfabetizado se cree con derecho a escribir y a opinar.

Con la liberalización de Internet han surgido cientos de periódicos digitales, incluso en Cuba, donde hasta hace muy poquito solo se podía leer, aunque de nada servía, el diario oficial del partido Comunista, Granma, y algunos títulos más pero siempre en la misma línea.

De pronto, los cubanos han roto la baraja y ahora se encuentran en lo que llaman la red excelentes publicaciones que no solamente pueden informar sino que están bien escritos, lo que es un alivio cuando se ven las monstruosidades con faltas de ortografías que no dicen su nombre con las que tenemos que bregar en los países llamados ricos.

Porque hemos llegado a un momento en que informar no tiene importancia porque las radios y las televisiones se comen todo lo que tiene o deja de tener valor informativo inmediato. Entonces, lo malo para muchos, es que hay que aprender a escribir y no solo a rejuntar palabras mal hiladas y sin ningún fundamento. Pero como la mayoría de los lectores de esta nueva era son por lo menos candidatos al analfabetismo, poco importa.

Los que escriben de verdad, que piensan, que conocen el insensato oficio de escribir, de contar lo mejor posible y de la forma más agradable, se tropiezan con los sensacionalistas que ya casi no cometen demasiados atentados contra la gramática. Y ya no hay límites.

Da risa histérica propia de pensionado suizo para señoritas vírgenes y con gafas y no menos agraciadas de la alta sociedad. De pronto, la gente encargada de decirnos lo que hay que ver en el cine, a quién hay que admirar --algunos de estos personajes se pintan la palabra periodista en la frente--, sacan cosas que vuelven a dar risa histérica de escenas límites en todos los dominios de la vida pero sobre todo en el cine.

Va uno y descubre que existió en tiempos del cuplé de Hollywood una señora llamada Hedy Lamarr, que además de sensacionalmente bonita tenía cosas en la cabeza. Imagino que la sorpresa viene de la comparación con las actuales ninfas que circulan por las pantallas y que no dan la impresión de haber inventado la Penicilina, bueno, suponiendo que sepan qué es eso y para qué sirve.

Entonces, ya digo, descubren una Hedy Lamarr que quitaba el hipo por su belleza natural como actriz de todas las vampiresas de otros tiempos sino que además, dicen esos colegas, era inteligente. Tanto que, agregan con la admiración de quien descubre a la Virgen entre riscos de un Lourdes cualquiera, estudió ingeniería e inventó yo no sé cuántas cosas.

Entiendo que en época de sequía se tire de todo, pero Hedy Lamarr debería formar parte de los recuerdos agradables que nos dejó ese Hollywood de talentos en el que hace ya muchos años tenía como guionistas, y probablemente no de los mejor pagados, a elementos como varios escritores que dieron a la literatura norteamericana algunos de sus mejores momentos. Uno fue John Steinbeck, otro William Faulkner y el tercero que se me viene al recuerdo es el más modesto de entre ellos, Horace McCoy, autor de “¿Acaso no matan a los caballos?” que se convirtió en una grandiosa película con Jane Fonda.

Es cierto que ya el periodismo no lo ejercen, como hace solo unas decenas de años, escritores de tronío como John Dos Passos o Ernest Hemingway, que tenían la particularidad de poseer, además de talento para el arte de contar y ser contados, nociones muy profundas de ortografía y gramática en general.

Es cierto que estos dos fenómenos del periodismo eran a la par escritores maduros, con un montón de obras literarias a sus espaldas o en su futuro, con lo cual se creían a la derecha del dios de los cronistas y no le hacían asquitos al tremendismo a la hora de componer una crónica.

Los dos estuvieron en la Guerra Civil de España (1936-1939), informando en general desde Madrid, adonde las tropas de Franco no habían llegado aunque se manifestaban con terribles bombardeos.

No resisto a la tentación de ofrecer a los improvisados periodistas de hoy que surgen como margaritas salvajes, un poco de la genialidad de Dos Passos a la hora de escribir una crónica de guerra desde el Madrid aterrorizado por las bombas franquistas.

Se despierta en su hotel con el ruido de las bombas. Entonces decide levantarse: “Los bombardeos continúan. No son muy intensos pero están condenadamente cerca. Mejor me visto. Hay agua corriente en el baño, aunque todavía no ponen el agua caliente. Un hombre se siente seguro afeitándose, aspirando el olor familiar del jabón de afeitar en un cuarto de baño limpio. Tras un baño y un afeitado me pongo el albornoz mientras pienso que, después de todo, esto es lo que los madrileños tienen en lugar de un despertador desde hace cinco meses. Bajo las escaleras para ver qué hacen los chicos (los otros periodistas). Continúan los bombardeos”.

¿Ven ustedes como la ironía que produce el miedo, el cinismo aliado con el sarcasmo que provoca la indefensión pueden cuadrarse perfectamente con un buen artículo? Porque mientras nuestro periodista-escritor se afeitaba cuidadosamente, a pocos metros del hotel Florida probablemente había habido ya algún muerto por aquellas bombas que a él solo le sacaron del sueño.

Pero qué más da. El talento no tiene vergüenza.

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