Colaboración: Cuentos de mil y un horrores

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Por Sergio Berrocal    

Olfateas el desprecio, sabes apreciar el olfato que tarda y una mañana todo lo importante se produce de golpe, cuando el sol sale repartiendo suerte. Compruebas que está fallando todo el sistema, orientación, pilotaje, y no hay Cabo Cañaveral que llevarse a la voz para anunciar que tenemos problemas.

Entonces hincas los codos al abordar con coraje y paciencia divina el libro de Heinrich Böll, Premio Nobel, menos mal que solo de Literatura, y te paseas en un siniestro tren de tropas alemanas donde un soldado alemán y joven sabe que va a morir ya, pero ya, sin cortapisa, sin remedio ni más payasadas aunque el promotor de aquella sangrienta debacle de gente, valore y niños de mama, de la II Guerra Mundial (1939-1945), el sonriente Adolfo Hitler, le importe un carajo y póngame tres cuartos de seda natural roja que es para una primer asesinato.

Aunque está escrito y rubricado por el Führer que va a morir, porque el gurú Manson lo ha dicho con sus ojos color castaños de infierno en la hoguera de la imbecilidad que ayer, hoy y mañana se repite y volverá a repetirse porque así somos y así moriremos. El soldadito que ni siquiera tiene la consistencia de plomo de juguetería cara posee la acuñada vocación de la muerte como aquel héroe de Wagner visto y corregido por un Marlon Brando megalómano en una cueva de Vietnam, redentor de todos los pecados habidos y por haber de Estados Unidos.

Y el tren (de Böll) llega puntual al infierno para dejarte a las puertas de la tristeza y del consumo indispensable y sin receta de pildoritas de tranquilizantes varios y un trago de güisqui con un buchito de Perrier en busca de tu propio perdón.

Te importa en el fondo un carajo porque supones que es una ficción pero cuando vuelves al mundo de lo real, abres el último número que te lleva a tu cueva de la revista Paris-March y rápidamente envías a Rosa a comprar todas las existencias de Johnny Walker y echas mano de lectura sobre un reportaje sobre los estados petroleros donde sobran dólares en cualquier moneda y sobra, hay exceso de maldad y ni siquiera la saldan en la plaza pública.

Un lugar que en su origen era para los creyentes de las mil y una noches –la princesa que huía con un desarrapado en una alfombra voladora- cuando Alí Baba encontraba la gruta maravillosa donde refulgía el oro, la plata y los diamantes, todo ello seguro de una vida ociosa, muy lejos de la miseria de todos los habitantes del reino.

Países de las mil y una pesadillas también metidos entre mar y desierto, lejos del mundo y donde ocultar todas las maldades que se quieren. Metrópolis dementes llenas de enormes rascacielos, los más altos del mundo, los más bonitos, los más caros, los más todo, reza la propaganda oficial que se extiende en forma de reportaje por nuestra prensa encantada de hablar del único hotel del mundo que tiene catorce estrellas, digo yo, donde nadie que no tenga muchos haberes puede pasar apenas por el vestíbulo, mayor que cualquier plaza del mundo. Y a los periodistas se les cae la baba, pero se callan los pecadillos de derechos humanos, como el trato que reciben los criados, todos de fuera, paquistaníes, indios y otra morralla de exportación de usar y tirar. Auténticos esclavos para monarquías que compran a los europeos y a los norteamericanos todos los aviones de combate y hasta de pasajeros que les quieren vender.

Los emires adquieren respetabilidad paseando los nombres de sus países en equipos de fútbol multiestelares respetados y amados en todas partes. Y de paso, el imbécil de espectador, el pobretón que se abre las venas para comprar una entrada de cien dólares o que sigue al equipo al extranjero abriéndose otra vez las venas, y las de su familia, admira sin saberlo a ese país benefactor de su equipo de fútbol que está entre desiertos ignorados.

Venden los emires democracia mentirosa, virginidad de sus mujeres que sólo ellos pueden adquirir, y a las infieles, a las que ponen sus ojos en otro hombre que no sea su marido, lapidación sin piedad. En otros lugares, a los homosexuales se les cuelga del primer puente, como en Irán, donde las jóvenes guapas y deseosas de vivir se inventan mil argucias para escapar al dictado de los ayatolas.

Sí, ya sé, los emiratos es una cosa e Irán otra. Qué va, mis señores, todos están unidos por la falsa fe de aquí mando yo que soy tu señor y tú serás la esclava de tu señor, palabras que cualquier cristiano entendería, pobrecitos míos.

Es el mundo del petrodólar cuya crueldad ya contó Sherazade cuando el sultán de turno le obligaba a contarle cuentos y entre un cuento y otro la revolcaba hasta que a la muchacha le dolía la vagina. Los cuentos de los mil y un horrores. Los mismos que se siguen declinando con otra partitura.

Pero nosotros, los occidentales, los que nos ahogamos en la contemplación de lo que Hollywood quiere contarnos para enjugar nuestros llantos cansinos, hemos aprendido a amar Oriente con Omar Sharif, con Lauwrence de Arabia, con toda esa iconografía probablemente pagada y adobada por intereses bellacos.

Las consecuencias medievales de la vida de las mujeres en algunos países árabes, y no solamente en esos emiratos multimillonarios o en Irán, han dado lugar a dramas espantosos en los que las madres o los padres han tenido que jugársela todo por una hija o por un hijo para sacarlos de un país plantado en la Edad Media.

La literatura y el cine se han encargado de popularizar este tema desgarrador.

En los albores del año dos mil, ese año glorioso y lleno de esperanzas, conocí en Brasilia una pareja de perseguidos. El era profesor de lenguas brasileño y ella una estudiante iraní a la que sus ayatolahs habían permitido ir a estudiar a Brasilia, lejos, supondrían ellos, de todas las tentaciones occidentales.

Pero a Safa, llamémosla así, de ojos enormes en un rostro blanco por la falta de sol, un cuerpo escondido en velos negros interminables, le esperaba el amor en una ciudad tan lejana de la suya.

Safa se enamoró de su profesor, quien desde el primer momento sintió delirio por ella. Llegaba a clase en un coche de la embajada de Irán acompañado por un esbirro. Una vez por semana, el sábado, la dejaban visitar a gente muy controlada por la embajada.

Con el tiempo, Safa se ganó la simpatía de esa gente que aceptó servirle de escudo protector. Ese día de libertad ella salía de la casa donde vivía vestida con todos los velos negros como la muerte que exigían sus guardianes. El coche, ese día, lo conducía una amiga, y entonces ella podía cambiarse durante el trayecto y verse con su profesor vestida a la occidental.

Safa decía que no podíamos imaginar lo que esas pocas horas de libertad constituían para ella.

Cuando dejé Brasilia, Safa seguía su idilio entrecortado por los guardianes de los ayatolahs que, hasta entonces, nunca podían haberla pillado.

Pero desde la última mezquita del último reino de cualquier emirato, los ayatolahs vigilan y no perdonan. Y dan tiempo al tiempo. El poder del dinero tiene la mano larga.

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