Colaboración: El barquito de papel de Gaza

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Niños en Gaza
Por Sergio Berrocal      

Escribo con asco de mí mismo, con la repugnancia de saber que no servirá para nada lo que diga o no diga, con la desesperación que me provoca esa chiquilla de Gaza (Palestina, Oriente Medio) que en una revista me presenta desde lo alto de sus cortos brazos un barquito de papel donde alguien ha escrito Welcome to Gaza con un corazón al lado. La niña está aparentemente en buena salud, bien vestida, supongo que para la foto, pero no sonríe.

Ustedes perdonen, pero se me vienen a la mente todos esos niños que a la salida de una escuela –de la misma edad que la chiquilla palestina, más o menos— se achuchaban en una acera de La Habana y me sonreían con descaro y me decían cosas que yo no llegaba a entender.

No me lo digan, ya sé que esto es cursi, muy cursi. Aquellos niños habaneros llevaban impecable uniforme de pionero con un pañuelo rojo al cuello, como si ya estuviesen a punto de salir a hacer la revolución. Y solo salían de aprender algo, porque ya es sabido que el saber ocupa todo el lugar que los demás pueden negarte. Un libro hace más daño que una descarga de Kalachnikov.

Pero ya sé, ríanse, estoy diciendo majaderías. Pero aquellos chiquillos, ignoro lo que comerían al mediodía, pero seguro que algo más y mejor que la chiquilla palestina de la foto con el barquito de bienvenida.

Nos das la bienvenida a Gaza. Pero, hija mía (¿te importa que te llame Aicha?)¿quién va a querer ir a tu pueblo, donde entrar, con el permiso siempre engorroso y ruidosamente burocrático que impone la autoridad de Israel, es un calvario? Jesucristo habría tenido la paciencia de visitarte y tal vez de jugar contigo y con el barquito de papel. Pero nosotros, la gente de occidente, que vivimos de chúpate domine, es decir, estupendamente, ¿cómo quieres que nos metamos en ese follón? A lo más nos quedaríamos en Tel Aviv, que me cuentan se ha convertido en un centro cultural y sobre todo musical muy cotizado. Hasta hablan de ello en las radios españolas, fíjate hija mía cómo será la cosa.

Ay, Aicha, me recuerdas a una canción que en su tiempo, cantada en árabe por un marroquí, nos llenaba del gozo y de la esperanza de que un día no habría más ese odioso muro, y conste que no lo ha puesto Donald Trump, que te separa a ti y a los tuyos, de la realidad de la vida, de la vida misma.

En el artículo que publica el semanario francés Le Point con informaciones de la Agencia France Presse, se cuenta que un nuevo informe de Naciones Unidos dice que el 95 por ciento del agua en Gaza no es potable, vamos que normalmente no se puede beber. No me consta en el documento que se haya provisto a la población de medios para comprar botellas de agua como hago yo todos los meses en la tienda del chino.

¿Cuántos sois, Aicha? Casi dos millones me dice Google que para eso está. Es decir que el número de botellas de agua mineral sería impresionante.

La ONU, que ayuda en la medida en que su burocracia puede y en la medida en que la dejan, afirma que en realidad ya no se puede vivir en la banda de Gaza. Por el agua, por el bloqueo y por mil cosas más.

Bueno, no exageremos, después de todo ya hace tiempo que el poderoso y artillado por Estados Unidos ejército de Israel no bombardea en serio a la gente de Gaza. ¿Cuál será el genticilio? ¿Gazeños o gaseados? Creo que este último apelativo sería más apropiado.

Naturalmente, las autoridades de Israel afirman que la culpa de ese estado de cosas la tienen los gobernantes de Gaza.

Vivo en un pueblo del fin de Europa frente al mar Mediterráneo y frente a África. Casi todos los días, llegan a nuestras costas embarcaciones de lo más variopinto, tanto que el cómico francés Tati habría podido hacer una película, llena de gente a la que en general, y por un eufemismo decadente, hemos convenido en llamar subsaharianos. Es decir que estos negros africanos tienen que recorrer miles de kilómetros en el desierto antes de llegar a una costa donde los traficantes de almas y cuerpos les ofrecen una posibilidad de escapar a la miseria de la muerte a cambio de una suma que puede llegar a los dos o tres mil dólares.

Los que tienen la suerte de no ahogarse al atravesar el estrecho de Gibraltar o al cruzar desde otras costas llegan a España y si la suerte les acompaña, muy escasa, bueno, pero existe más o menos como cuando los ricos jugamos a la lotería todas las semanas, no serán repatriados, es decir que no se les mandará de vuelta a sus países donde les esperan palizas, quizá la cárcel y de nuevo la miseria, de la que hay que descontar la suma pagada a los traficantes y ahorrada por toda una familia para que uno de ellos intentase el salto al mundo rico.

Pero, tú, Aicha, lo tienes crudo con ese barquito de papel. Y me temo que ni siquiera tenéis traficantes que os embarquen a la buena de Dios en busca de mejor suerte.

Bueno, Aicha, mi carta se termina. Solo quiero contarte un par de cosas que pasan en este mundo de gente que tiene las tiendas llenas de agua potable y dinero para comprarla. Te cuento estas cosas para que te rías un poco y lo comentes con tus amiguitas en la escuela. ¿Sabes que uno de nuestros tenistas más célebres, blanco, claro, no se separa ni para jugar torneos mundiales que le dan muchos miles de miles de miles, de un reloj que cuesta casi 400.000 dólares? Ah, a un guardametas, sabes, esos que recogen los balones cuando los jugadores del equipo contrario quieren marcar un gol, acaban de contratarlo en este país desde el que te escribo por no sé cuántos millones de dólares.

Ya sé, Aicha, a lo mejor sonríes pensando que con todo ese dinero podríais ir a comprar miles de botellas de agua mineral e incluso fabricaros una piscina.

Adiós, Aicha, tal vez nos veamos un día en que tu barquito de papel aprenda a navegar.

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