Crítica: "Jigsaw", que no paren las torturas

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"Jigsaw"
Por Benjamín Harguindey    
  
Cuando la serie "El juego del miedo / Juego macabro / Saw" cerró la caja con siete películas - seis de más - al menos lo hizo con un módico de dignidad, pretendiendo que "El juego del miedo 3D: El capítulo final / Saw VII 3D" (2010) era la culminación del magnum opus póstumo del torturador Jigsaw (Tobin Bell), y así habló en promoción y cartelería de "capítulo final". Siete años más tarde Lionsgate ha decidido que las aguas están tibias como para sacar otra. ¿Por qué no? Salen baratas y siempre rompen la taquilla en Halloween.

La serie bien podría haber muerto a la altura de la tercera película, que tomó la cuestionable decisión de matar a su villano y con él cualquier interés por la historia. Ahora da igual. La realidad es que Jigsaw ha dejado cualquier cantidad de grabaciones, videos y trampas disponibles para que cualquier psicópata con trastorno límite de personalidad y tiempo de sobra continúe capturando y torturando "pecadores" en su nombre.

La octava película no trae nada nuevo a la serie. Es la misma historia de siempre: hay un grupo de víctimas encerradas en una locación recóndita, forzadas a mutilarse para ir sobrepasando una serie de cámaras de tortura, y se muestra en paralelo una investigación policíaca a las apuradas por detener la masacre. Entre todos no hay una sola persona querible. Las víctimas son todas culpables de algún crimen nefasto, después de todo, y los policías pasan más tiempo puteándose y echándose culpas que otra cosa. Ni que sepamos mucho de nada sobre nadie.

Se emplean los mismos trucos. La trampa irónica. La narrativa no lineal. El montaje final que repasa los puntos clave en la elaboración del misterio central. La gran duda de la historia es si Jigsaw sigue vivo o no, a pesar de que claramente murió al final de la tercera película y la cuarta hace gala de su autopsia. Pasamos a la segunda duda: ¿quién de todos los personajes podría ser el aprendiz de Jigsaw? Aquí aparecen un par de giros creativos, aunque sugieren agujeros en la trama demasiado grandes como para empezar a tapar.

Notablemente, la octava película es la primera en moderar las escenas de tortura. Sigue siendo igual de morbosa y sangrienta como siempre, pero aunque sea cambia las máquinas de tortura más disparatadas (como el carrusel en la sexta película, y la vidriera pública de la séptima) por algo más elemental y consecuentemente más inmediato y terrorífico (sierras, cuchillas, pinchos… la excepción son los láseres del final). Igual muchas de las trampas siguen requiriendo un nivel de previsión psíquica tan absurdo que se necesitaría un par de X-Men para operarlas.

Hay que reconocer que la serie, aunque sea la primera película, se ha convertido en una suerte de clásico moderno del cine de terror, influenciando para bien o para mal cientos de imitadores. Como "Jigsaw". ¿Quién espera algo más de la octava entrega, salvo la repetición segura y familiar de todo lo que ama u odia de la franquicia? La tentación es concluir que hay peores cosas para ver en Halloween, pero "Eso / It" (2017) sigue en cartelera y últimamente hasta los cines más comerciales proyectan clásicos como "El exorcista / The Exorcist" (1973), "Martes 13 / Friday the 13th" (1980), "El resplandor / The Shining" (1980) y "Scream" (1996). Háganse el favor.

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