Crítica: "Alien: Covenant", Prometeo 2.0

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"Alien: Covenant"
Por Benjamín Harguindey    

"Alien: Covenant" (2017) secunda a "Prometeo / Prometheus" (2012) como la nueva precuela de la saga "Alien". Es intrigante, repulsiva, a veces aterradora y con algunos giros oscuros, todo lo que esperamos de una película de la serie. Pero carece de historia propia: como producto derivado depende totalmente de nuestro entendimiento de la película anterior y de nuestra reverencia por la franquicia.

Dirigida por Ridley Scott -el padre de la saga- la película es técnicamente una secuela de "Prometheus", pero a grandes rasgos hace las veces de remake también. Por lo pronto cuenta la misma historia: un grupo de científicos persigue una misteriosa señal hasta un planeta donde, tras manosear estúpidamente la flora local, son infectados por voraces patógenos y luego dan a luz a las mismas criaturas que cazarán al resto de la tripulación.

Una de las críticas más notables hacia "Prometheus" fue la ridícula falta de sentido común de sus hombres y mujeres de ciencia. Algo que aquí se repite en menor medida (las pobres almas de la nave colonizadora Covenant están plagadas más por la mala suerte que por la imbecilidad) aunque en retrospectiva es una pésima, pésima idea salir a explorar un nuevo planeta sin un casco.

La protagonista de facto es Daniels (Katherine Waterston), oficial a bordo del Covenant y burda imitación de la heroína original interpretada por Sigourney Weaver. Su marido y capitán de la nave perece cuando su cápsula de hibernación se incendia, por lo que queda al mando el pusilánime Oram (Billy Crudup), quien redirige el curso de la nave hacia un misterioso planeta que aparece de la nada y promete ser tan habitable como la Tierra. Parecería que su falta de piel con la tripulación traerá problemas y su liderazgo será cuestionado, pero ni bien aparecen los xenomorfos todo atisbo de conflicto humano desaparece de la historia.

¿Qué se puede decir de los xenomorfos que no se haya registrado en casi 40 años de su introducción al cine desde "Alien, el octavo pasajero / Alien" (1979)? Diseñada por H. R. Giger, la criatura sigue siendo un asco de baba y dientes, repelente y extrañamente sexual por la forma en que impregna y penetra a sus víctimas. El diseño es perfecto y sus subsiguientes iteraciones no han hecho más que adornarlo y retocarlo innecesariamente. Si el público ya no se ha curado del espanto a esta altura, "Alien: Covenant" lo hará por la forma en que explica y sobreexpone a su extraterrestre estrella.

La otra estrella de la película es Michael Fassbender en el papel dual de los androides Walter y David (este último superviviente de la película anterior). David es quien está a cargo de exponer la ideología de la película y brindar peso dramático a la historia a través de su obsesión de crear "el organismo perfecto", al diablo las tres leyes de la robótica. Sus argumentos son un tanto pedantes en la medida en que se comporta como un villano tocando Wagner, recitando a Shelley y burlándose de la mortalidad del ser humano, pero es convincente cómo intenta seducir a su humilde contraparte Walter con la tentación de jugar a Dios.

Idealmente se debería criticar a "Alien: Covenant" por mérito propio pero la película se vuelve inseparable de "Prometheus" en su calidad de secuela directa y remake extraoficial. Arrastra varios errores pero corrige otros tantos, aunque en definitiva no hace más que contar la misma historia, expandiendo preguntas que nadie hizo y dando respuestas que socavan el poder y el misticismo cósmico del alien. Así como David juega cual alquimista combinando sus parásitos espaciales, Ridley Scott continúa engendrando películas como si no supiera que ya creó el organismo perfecto hace mucho tiempo.

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